Un Atlántico inusualmente quieto
La cuenca del Atlántico atraviesa una de las temporadas más inactivas de la era satelital, iniciada en la década de 1960, y registra una prolongada ausencia de ciclones de categoría huracanada en uno de los períodos que normalmente marca el punto álgido del verano tropical. Hasta el momento no se ha formado ningún huracán y los pronósticos no observan señales claras de que uno pueda desarrollarse a corto plazo. Como consecuencia, la fecha podría convertirse en la más tardía de la historia para llegar sin huracanes a esta parte de la campaña, aunque la racha debe mantenerse hasta superarla. En una temporada habitual, para este momento ya habrían surgido ocho tormentas tropicales con nombre y tres huracanes. En 2026 solo se han registrado cinco sistemas nombrados: Arthur, Bertha, Cristobal, Dolly y Edouard. La diferencia es relevante porque demuestra que el problema no es la inexistencia de perturbaciones, sino la dificultad de estas para organizarse y alcanzar la intensidad necesaria para convertirse en huracanes.
El Niño debilita las condiciones favorables
El principal responsable de este escenario es el fenómeno de El Niño, que continúa intensificándose sobre el Pacífico tropical. Aunque se origina por el calentamiento anormal de esas aguas, sus efectos se extienden mucho más allá de la cuenca donde aparece. El cambio de los patrones atmosféricos globales refuerza los vientos en las capas altas sobre el Atlántico y aumenta la cortante o cizalladura del viento, es decir, las diferencias de velocidad y dirección entre distintos niveles de la atmósfera. Cuando esta fuerza se vuelve intensa, separa las tormentas de su estructura vertical, desorganiza sus nubes y limita la circulación del aire húmedo que alimenta su crecimiento. Por eso, incluso si el océano conserva zonas con temperatura favorable, los sistemas tropicales pueden quedar debilitados o disiparse antes de adquirir categoría huracanada. El contraste se observa en el este del Pacífico, donde El Niño suele favorecer la actividad ciclónica: allí la temporada ha sido relativamente activa y el huracán mayor Lowell impactó recientemente en Hawái con vientos destructivos, lluvias intensas y oleaje peligroso.
El polvo sahariano refuerza una campaña por debajo de lo normal
A El Niño se suma una segunda barrera atmosférica: el transporte de polvo y arena desde el desierto del Sahara hacia el Atlántico. Esta masa de aire seco, cargada de partículas minerales y con menor humedad, atraviesa miles de kilómetros desde África y, al instalarse sobre el océano, dificulta la formación de tormentas convectivas. La sequedad ambiental reduce la capacidad de las depresiones tropicales para desarrollar nubes profundas y puede neutralizar episodios breves de condiciones favorables. Las autoridades meteorológicas anticiparon en mayo una temporada menos activa de lo habitual y proyectaron entre ocho y 14 tormentas con nombre, de las cuales tres a seis podrían convertirse en huracanes y una a tres en sistemas mayores. El Centro Nacional de Huracanes señaló que El Niño sería el factor dominante de ese pronóstico. Se espera que la combinación de fuerte cortante del viento y polvo sahariano mantenga la actividad por debajo del promedio al menos durante la próxima semana. La temporada atlántica continúa hasta el 30 de noviembre, aunque los especialistas advierten que un período tranquilo no elimina el riesgo: la aparición de un huracán aislado, incluso en condiciones globalmente desfavorables, podría tener efectos significativos en las zonas costeras y cambiar rápidamente el balance de una campaña marcada por su excepcional calma.













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